A la mañana siguiente ella se despertó más temprano de lo habitual.Se incorporó en la cama, un cansancio terrible se apoderó de todo su cuerpo. Miró el despertador y se dio cuenta que apenas habían pasado un par de horas; sabía que la esperaba un día largo en el trabajo.
Despacio, tan despacio que apenas parecía que se moviese, se desnudó y dirigió sus pasos hasta el cuarto de baño.
-"Una ducha me aclarará las ideas"- pensó.
Dejó que el agua caliente recorriera todo su cuerpo, tarareó una canción y se lavó el pelo.
Mientras se vestía sintió el ruido de las llaves. Había vuelto.
El nerviosísmo la invadió, sabía perfectamente que esta vez no era como otras; esta vez pensó que realmente cabía la posibilidad de que por una vez, él dijera algo. Creyó firmemente que él se revelaría, que se enfadaría, gritaría y que le diría todo lo que realmente pensaba y sentía.
Quiso creer que por fin, de una u otra manera, los monólogos interminables en las que ella hablaba y hablaba, se quejaba, despotricaba, espetaba y en los que siempre terminaba llorando; se acabarían, pero no, no pasó nada.
Absolutamente nada.
Él se comportaba como si estuviera completamente solo en la casa, ni siquiera se rozaron cuando se cruzaron el estrecho pasillo; tan estrecho que es imposible no tocarse al cruzarlo.
Mientras buscaba la leche en la nevera comenzó a llorar. Ya se habían enfadado otras veces pero, nunca se había comportado así.
No la hablaba.
No la miraba.
No la tocaba.
Pasara lo que pasara siempre se despedían con un beso y se
reencontraban con otro, aunque el día entero terminara sin que se oyeran más voces que las del televisor o la radio.Era diferente, su frialdad era extrema y ella, no sabía muy bien lo que debía hacer.
Él se fue a la habitación mientras en el baño ella intentaba sacar valor para acercarse a él.
No le daba miedo pedir perdón, no le daba miedo tener que llorar, no le daba miedo arrepentirse.
Desde que comenzó su relación había días en que ella se sentía extremadamente insegura. Sí, extrañamente insegura.
Respiró hondo mientras se miraba al espejo y entró dispuesta a despedirse, a besarlo como todos los días hacía antes de salir de casa pero, no pudo.
Se acercó a él, y él no se movió ni medio milímetro, se quedó inmóvil y rígido.
No se movía, no la miraba...
Y eso era a lo que ella tenía miedo: al rechazo. A su rechazo.
Pero no le importó, apoyó la cara en su hombro y le besó el cuello.

Y besó su mejilla.
Agarró su mano intentando entrelazar sus dedos con los de él; pero él, seguía quieto.
No importaba, ella acercó su cara aún más, y apretó fuertemente su mano.
Entonces, al fin, después de aquellos escasos tres minutos interminables, suavemente, él, la besó.
Alivio.
Fue un beso tímido, casi imperceptible. Un beso que la advertía que aquella vez había traspasado el límite, que le contaba más que todas las cosas que él pudiera decirle.
Ese beso le habló de amor y de dolor, de enfado y de tristeza, le habló de comprensión y de paciencia...
Por fin, él la beso a ella.
Y ella, respiró tranquila.
-" Ya está -se dijo- pasó lo peor"
Quiso soltar su mano, el reloj no había parado de contar los minutos, pero él no la dejó.
Bruscamente la hizo girar, pego su pecho contra su espalda y de un tirón le bajó los pantalones tirándola sobre la cama...
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