lunes, 20 de abril de 2009

Huellas



...y después de dejarlo de ver todo negro; va retornando la normalidad.
Los brotes privamerales de los árboles son verdes, el cielo azul y el asfalto gris.
Y poco a poco va a pasando esa sensación de abandono, pero lo que no se marcha es la jodida inseguridad.
La sensación tan desagradable que llega cuando te marchas, que aparece cuando tardas o no das esa explicación que no tienes que dar pero, que yo aún espero; esa no se marcha, esa solamente se esconde cuando estás aquí.
Y poco a poco la falsa alegría de un nuevo comienzo va desplazando al dolor asesino.
Lo malo. Siempre está ahí lo malo pero, de eso si que soy capaz de evadirme. Lo cojo, lo meto bien apretadito en el rincón más escondido y olvidado, le pongo mil candados y cadenas y ahí se queda, encerrado para que no moleste nunca más.
Debe ser el día que está soleado lo que me deja ver las cosas con más claridad, no se, o a lo mejor soy yo, que me empeño que todo no es un final; si no un intermedio para meditar y en cualquier momento, reiniciar.
No se puede empezar de cero algo que se ha dejado, porque ya estubo ahí, y hay cosas que no se pueden borrar.
Lo que si se puede es aprender de lo que no se debió hacer o decir.
No volver a caer en los mismos errores, y eso es difícil de hacer cuando no te das cuenta de que los estás haciendo o, simplemente, no se está muy convencido de no estar haciendo lo correcto.
Lo malo, no es tan malo, ayuda a darte de cuenta de las cosas.
Si, es cierto, muy dolida me he sentido, tanto que no fui capaz de darme cuenta de que no siempre son las cosas como yo las veo.
Que no siempre se deben hacer las cosas cuando yo lo digo.
Que cada uno llevamos nuestro propio ritmo y eso, mejor que nadie, debería saberlo y ser la primera en haberlo aplicado contigo.
Que no siempre lo que yo pienso que se debe hacer, se puede hacer, no al menos de la manera que yo quería.
Que cada uno tiene vida anterior a "nosotros" y hay cosas en las que lo único que se debe de hacer es apoyar y tal vez, aconsejar pero nunca, nunca, forzar las situaciones.
Yo no puedo abrirte los ojos a la fuerza, ni tú a mi, ni nadie a nosotros.
Es cierto que di todo lo que tenía, pero también es cierto, que lo poco que tú tenías, me lo regalaste sin concesiones.
Y en medio de una carrera, en la cual yo iba demasiado deprisa y tú, a una velocidad moderada, nos encontramos en una curva y al intentar adelantarte, nos estrellamos.
Y es que yo no tengo punto medio para nada, nunca lo he tenido.
Si quiero, quiero, si no, no lo hago a medias.
Si lloro, lloro como las muñecas. Lágrimas a borbotones al apretarles una de sus manos de plástico.
Y así es, o todo o nada.
Sin embargo, esta vez me conformo con el punto medio, creyendo que en cualquier momento, vuelva a ser un todo.

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