
... y sin saber porqué, sin darme cuenta; me vi a mi misma en la cocina de casa, mientras hacía la cena con el teléfono en la mano.
Un tono. Dos tonos. Tres tonos...
Y todo lo que tenía pensado decir, se convirtió en algo que pareció una malísima excusa para hacer esa llamada.
Si alguna vez creyó que soy tonta, la llamada que duró poco más de un minuto, debió despejar todas sus dudas.
¿Por qué me resulta tan difícil preguntar algo tan sencillo?
¿Por qué me es tan difícil hablar con ciertas personas?
¿Por qué me complico tanto la existencia?
Con lo tranquila que yo estaba...
La ilustración es de Russ Mills
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