Desde que la idea de abrir un blog empezó a rondarme la cabeza, no he parado de pensar la cosas que pondría en el; pero cuando me siento frente al ordenador, todas esas ideas desaparecen.
Empiezo a cuestionarme si debería contar lo que realmente deseo.
Quiero contar todas esas cosas que se pasean por mi cabeza cada minuto, cada segundo de mis días, quiero poder decir todo lo que pienso sin tener que pensar en que opinión tendrán los demás.
No se lo he dicho a nadie, es decir, a nadie que esté al otro lado de esta pantalla, ninguna de las personas con las que desayuno cada día lo saben, ninguna de las personas que veo todas las mañanas lo saben, ni tan siquiera él, que durante los últimos años ha sido quien a soportado todas mis neuras y a mis neuronas desquiciadas.
Él, que siempre está ahí. Lo llamo y viene ha recogerme como si fuera la princesa del cuento.
Él, que siempre me escucha. Es capaz de hacer que hasta el pensamiento más oscuro dentro de mi cabeza desaparezca.
Él que me quiere. Cuando necesito que me quieran, que me abracen, que me toquen... no necesito decírselo, lo sabe simplemente con mirarme a los ojos.
Hace tiempo que no nos vemos, es algo normal en nuestra extraña relación, a pesar de que vivimos en el mismo sitio, pasamos meses sin vernos y eso es lo que hace que la cosa funcione.
Tenemos vidas totalmente diferentes, vidas que jamás podríamos compartir, pero a la vez, cuando estamos juntos parece como si el mundo se parase ante nosotros.
Y es que en cinco años, hemos conseguido lo que nadie; que nuestras citas, sean siempre como primera citas
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