Ayer quedé con él pero, no apareció.
Me quedé esperándole... Ni una llamada, ni un nada de nada.
Solamente yo en el banco del parque ensimismada mirando como los rayos de luz que se colaban entre las ramas de los árboles.
No hay nada que echar en cara; lo único que me pertenece de él, es el tiempo que me regala; el resto de no es compartido, no tenemos que darnos explicaciones.
Un timbre me saca de mi abstracción.
El parque está frente a un instituto y ese timbre anuncia el recreo.
Comienzan a salir a trompicones, alborotados y chillones.
Veo una chica vestida de negro, con el pelo largo y suelto; es la única que no va acompañada por nadie. Un amigo, una amiga, un novio tal vez, nada.
Camina con los brazos entrelazados, sujetando fuertemente sus libros, como si la protegieran de algo.
La escena me es familiar, no hace falta que nadie me diga lo que va a suceder en cualquier momento.
Y ocurre.
Un grupo de chicos y chicas camina detrás de ella, uno se adelanta y ¡zas!, de un manotazo le tira "su escudo" al suelo; mietras ella se agacha los demás van pasando a su lado y la insultan y la escupen.
Y ella se queda inmovil, esperando que termine la procesión de la cofradía de la humillación.
Cruzo la calle y me acerco a ayudarla y yo, como soy boba, mientras le doy sus cosas que están esparcidas por la acera me pongo a llorar.
Me mira extrañana y me dice:
-La que debería llorar soy yo, ¿no te parece? Me sonrie.
-No creo, ya estás acostumbrada, ¿verdad?
-Supongo...
-No te preocupes, todo irá bien, de verdad.
Entonces nos levantamos, me dió las gracias y siguió andando.
Quizás mi sed de abrazos, besos y demás arrumacos no saciada no son suficientes para hacerme llorar.
Quizás que me dejen plantada, tampoco.
Quizás que esa chica me recordara mi etapa en el colegio y en el instituto, quizás eso si me hizo llorar.
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